El corazón que late en las ruinas del Lídice
Erika Nuñez
La fila en la entrada del Hospital de Lídice, en el oeste de Caracas, parece una serpiente gris que nunca termina de morderse la cola.
Son las siete de la mañana y el frío de la montaña baja con fuerza por las caminerías de la zona, pero no diluye el olor a humedad y desinfectante barato que emana del centro de salud, fundado en 1892 como un sanatorio antituberculoso.
Entre los rostros cansados de los pacientes que pasaron la noche en la acera, camina una mujer de paso firme: la doctora Yelitza Acosta.
A sus 53 años, lleva un cuarto de siglo vistiendo la bata blanca como médico general. Y hoy le toca guardia de veinticuatro horas.
Se sienta en una vieja silla de metal en el área de triaje, se acomoda los lentes y suspira profundamente. Sus ojos denotan un agotamiento crónico que ya no se quita con una noche de sueño reparador. Ni en este hospital "Doctor Jesús Yerena" ni en su casa.
Aún así, su camino en la medicina, no fue una línea recta. Antes de escuchar los latidos de sus pacientes, transitó por las aulas de administración, publicidad y mercadeo. Tres carreras universitarias que son solo títulos colgados en una pared de su hogar.
“A veces la vida te da sorpresas necesarias, pero si hubiese escogido medicina como mi primera opción, sin duda me habría dedicado a esto desde el primer día”, confiesa al tiempo de frotar sus manos por su rostro.
“Esto es lo que soy”, agrega mientras suelta un suspiro de cansancio. Y abundó en detalles: “Pasé años aprendiendo a vender productos y administrar empresas, pero ninguna estrategia de mercadeo te prepara para el momento en que debes mirar a una madre y decirle que su hijo no va a volver a caminar”, explica sin tribulaciones.
Vocación indubitable
Para Yelitza Acosta, el día "real" comienza cuando la mayoría en Caracas aún duerme.
A las cuatro de la mañana, su cocina ya está encendida, preparando la comida de sus hijos en un constante malabarismo entre la maternidad y las guardias que no cesan.
“Ha habido días en los que siento que el cuerpo no me va a dar para más”, recuerda con la mirada fija en la puerta del consultorio.
Pero verlos crecer bien, sabiendo que afuera hay gente que la necesita, es lo que la anima a levantarse a esa hora de la madrugada.
Al iniciar cada consulta, la realidad hospitalaria le golpea de frente. El Lídice arrastra el peso del abandono institucional que sufren los hospitales en Venezuela. Falta de todo.
“El estado de negligencia aquí es deplorable. Muchas veces ni una jeringa tenemos. El paciente debe resolver quién puede traernos los insumos para curarlo”, relata con la indignación contenida.
Le resulta doloroso tener el conocimiento para salvar a alguien y verse con las manos atadas por la carencia de material médico quirúrgico.
En un país donde el presupuesto de salud se evapora y el gobierno no muestra interés en aumentar la inversión de salud, los médicos venezolanos trabajan con mística.
-Ganamos un sueldo muy bajo, pero estamos aquí porque nos llena el alma poder ayudar a la gente. Si fuera por dinero, las emergencias estarían vacías”.
Cicatrices inadvertidas
Veinticinco años en la profesión dejan cicatrices que no se ven a simple vista.
Una de ellas tiene el nombre de Víctor Villalba, un adolescente de 15 años que ingresó tras una caída en su moto, con fracturas severas en ambas piernas.
El equipo médico luchó a contrarreloj e improvisó con lo que tenía a la mano, pero no lo logró: para salvarle la vida, tuvieron que amputarle ambas extremidades.
El llanto desconsolado del adolescente, al despertar, se convirtió en un eco que todavía resuena en las paredes del recinto de salud.
Yelitza baja la mirada y sus manos tiemblan levemente sobre el escritorio:
-Esa noche lloré en silencio en el baño. Los médicos sentimos cada pérdida y cada dolor, aunque nos pongamos una armadura frente al paciente.
Cuando el turno termina, el alivio es solo un espejismo. Al llegar a su edificio, el descanso se esfuma entre consultas de pasillo de vecinos con diversos diagnósticos y la conserje esperando por su ayuda.
“Mi rutina vuelve a iniciarse estando en mi propia residencia”, cuenta Yelitza, quien se vuelve una heroína local antes de zafarse las trenzas de sus zapatos.
A veces, cree que le hacen falta más horas del día para atenderlos a todos. Pero, no es humanamente posible.
A pesar de la disconformidad, sonríe.
Quizás sin percatarse, ilumina sus ojos fatigados. Este amor no viene en un recibo de pago, sino de sus esperanzados pacientes.
-No es fácil esta vida, pero cuando llegan con su mejor sonrisa a darme las gracias por haberlos salvado o aliviado, mi corazón se siente completo. Esto es lo que más amo de mi vocación.
Transcurren las horas y Yelitza acomoda sus papeles, se levanta de la silla y llama al próximo paciente de la fila infinita.

Excelente crónica, mi Portu!
ResponderEliminarMucha calidad narrativa
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