Los gringos jugando Call of Duty en Venezuela
Victoria Santana
Apenas el sueño logró vencer a la ansiedad, mi hermana Luisana me despertó para informarme que Nicolás Maduro, el presidente de Venezuela, había sido capturado por los gringos. Mi cerebro se congeló en un vacío, incapaz de procesar el vuelco que había dado la historia.
A la 1:30 de la mañana, intenté conciliar el sueño hasta que un sonido retumbó como si fuera un trueno enviado por Zeus. Las ventanas de mi cuarto temblaron como si hubiera un sismo, pero al instante entendí que estaba pasando todo lo que ya sabíamos que sucedería, pero que el gobierno ignoraba.
—Ya va, ¿cómo que están bombardeando Caracas? —cuestionó mi hermana desde Chile, a través de una videollamada, por los kilómetros que nos separaban con el ceño lleno de preocupación.
—Sí, en La Guaira y Fuerte Tiuna también—sollozó mi hermana, mientras temblaba por los nervios de vivir una situación pensable en Irán, pero inimaginable en Caracas.
Mi teléfono se convirtió en mi herramienta más preciada. Era la Biblia para la iglesia, ya que recibía la nformación en el grupo de la universidad y me contactaba con mis amigas.
En los videos, podía notar "el gran trabajo" que hacía el gobierno, la preparación y defensa que presumieron con tanto orgullo, que cuando llegó el día, arrasaron como las olas del mar.
Los sonidos de los drones americanos resonaban con la misma delicadeza con la que se escucha un arpa, con un impacto en el pueblo venezolano como Atenea lo tenía en la ciudad de Atenas.
El cielo estaba oscuro, pero iluminado no solo por las estrellas, sino por el fuego que incendiaba la noche; se veía a lo lejos cómo había quedado La Carlota.
—¡Llegaron los gringos!— exclamó Luis Santana, mi papá, pasando por los pasillos de la sala para llegar a mi cuarto.
—Bombardearon por El Hatillo, creo— expliqué con duda.
—Coño e’ la madre gocha—dijo con sorpresa mi papá a mi madre.
Cuando el silencio de la madrugada murió, mi teléfono empezó a estallar con mensajes de mi querida amiga Anabella: “Victoria, ¿escuchaste eso?". Era la 1:30 de la mañana de aquel sábado 3 de enero y en mi mente solo estaba el eco que martillaba mis sienes con una pregunta de incertidumbre: ¿Qué nos espera al amanecer?

Top Top Top
ResponderEliminar