El evangelio de Chuchy: madre de día y señora de noche




Ricardo Quijada




6:43 de la mañana. Sale por la puerta trasera que colinda con la venta de regalos y flores. Camina despacio, apenas arrastrando los pies. Con la pesadez tranquila, simulando el paso ligero de quien sí durmió por la noche.

Mira al transeúnte que apura el tránsito para llegar a buena hora, escucha las cornetas de los choferes que se alteran por el colapso, a la madre soltera que arrastra al niño medio dormido con el uniforme escolar arrugado, y a aquel hombre de oficina que hace malabares cargando un maletín a la derecha, y en la izquierda, un vaso de café humeante.

Su turno ha terminado. Mientras la ciudad camina hacia adelante, ella va en reversa. Así es la vida de María Graciela, de 43 años: “Chuchy”, como la llama su hijo de 4 años o “mamita”, como le susurran los que la buscan de madrugada.

Sube al autobús cuya ruta la deja a cuatro cuadras de su casa, donde la cafetera vacía y la harina para arepas la esperan, para preparar el desayuno de su pequeño. Su jornada laboral habrá terminado, pero en casa le aguarda su trabajo de madre. Se sienta en el primer asiento que consigue y patea los tacones, mientras saca unos zapatos deportivos desgastados para caminar.

Con una servilleta que cargaba en su cartera, se quita el labial rojo. María Graciela lo mira por un segundo antes de arrugarlo en su puño, es el único rastro que le queda de aquel

hombre de las 3 de la mañana. No recuerda su nombre, rara vez lo hace, pero sí el peso exacto de su cuerpo y el olor a ron barato, mezclado con mentas de aliento. Era un tipo común, de los que ahora caminan apresurados por la acera.

En la habitación con luz de neón parpadeante, el hombre no se quitó el reloj. A “Chuchy” se le quedó grabada la frialdad del metal rozándole la espalda. Fue un encuentro sin besos –dice- de rutinas ensayadas. Al terminar, el hombre se abotonó la camisa blanca, con una lentitud que le irritó. Sacó de la cartera y contó los dos billetes arrugados de veinte dólares, con los que cobró por su trabajo.

Un bache en la avenida hace saltar la camioneta de pasajeros y la devuelve de golpe a la mañana. María Graciela lanza el papel por la ventana y se recuesta frente al vidrio. Ya casi llega a su parada. El olor a arepa quemada le avisa que está próxima al barrio. Abre la reja de su casa y encuentra, en la cocina de mesones sin pintar, no solo a su hijo, ya con la camisa blanca del colegio, por dentro del pantalón.

Sentada junto a la mesa de plástico, sin hábito, pero con una cruz de metal en el pecho, está la hermana Concepción, cuyo nombre de cuna desconoce. Está allí, como cada día, de lunes a viernes, para llevar a su hijo a la escuela. En una conversación de 2 a 3 minutos, la monja le dice que hay una vacante en la lavandería de un ancianato al que su congregación asiste.

“Ya no tendrías que salir más”, le explica Concepción. Las palabras suenan a salvación, pero en la vida real, la aritmética es terca: un mes entero lavando ropa le dejaría menos que los billetes arrugados que lleva en su cartera.

Antes de irse, el niño se acerca, le da un beso a su madre, quien los acompaña hasta la reja. Desde allí, con las ojeras a flor de piel y el cansancio acumulado de la noche, mira cómo se alejan por el callejón del barrio.

Allá afuera la sucursal del cielo ruge, las santamarías suben y, mientras todo el mundo sale, María Graciela cierra la puerta. Una hora más tarde, a las 7:45 de la mañana, camina despacio hacia su cuarto, en su hogar, buscando por fin el sueño reparador de quien no durmió toda la noche.









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