Adentro se trabaja y afuera se llora

Krisha La Scala


Las esferas cierran sus ojos y el alambre su boca. El algodón rellena los orificios, la pistola de clavos le hace esbozar una sonrisa, el formol hidrata su cuerpo, el maquillaje retoca su rostro y el traje le da estilo. No está muerto, está durmiendo.

-Hemos concluido -dice el embalsamador.

Las últimas gotas del grifo cerrado caen sobre los instrumentos recién lavados. Esto genera eco entre las cuatro paredes blancas. El silencio es denso y el frío llega a 16°C, a veces a 24℃ como máximo.

Sobre una fría y plateada mesa yace una bolsa negra. El embalsamador está cubierto por una mascarilla en el rostro, unos guantes de látex y una bata para evitar el salpicar de fluidos, así como un joven pasante, quien viene a ocupar el puesto de ayudante. Su expresión es neutral, parece despreocupado e indiferente, tal como el embalsamador, un hombre de tez blanca y cabello canoso, de 54 años de edad, 17 de ellos con experiencia embalsamando.


Cuidadosamente, el profesional abre la bolsa y descubre a un joven con parte de la nariz y la boca descuartizadas. Ha caído de su motocicleta en pleno movimiento y el pavimento le ha rasgado los tejidos hasta asomar una tétrica sonrisa del lado izquierdo. El embalsamador lo ve fijamente. Analiza el rostro con detenimiento y concluye lo que debe reconstruir.

El pasante, por otro lado, traga profundo y respira hondo. Quisiera calmar el impacto de aquel rostro desfigurado. Sus ojos deshidratados y sin vida parecen verlo fijamente, mientras mantiene aquella tétrica sonrisa. Mientras el joven experimenta estas sensaciones de asco y horror, el embalsamador, con indiferencia, ya ha tomado las frías manos del muerto, para masajearlas.

-Necesito que me permitas trabajar con tu cuerpo. Ya sabes cómo es. Estoy aquí para ayudarte y ponerte de la mejor manera para que tus familiares se puedan llevar una bonita imagen de ti- le dice al cadáver. 

El cuerpo lleva más de 24 horas sin vida, por lo que los músculos se han tensado, generando así el rigor mortis.

Poco a poco, el cuerpo se va aflojando. Ya no hay tanta tensión; parece aceptar la ayuda del embalsamador. Sin embargo, sigue viendo fijamente los ingenuos e hidratados ojos del nuevo ayudante con aquella sonrisa descuartizada.

-¿Estás bien? -le pregunta al joven, haciéndolo reaccionar.

-Sí, sí.

El hombre sonríe, como si su sabiduría le dejara en claro lo que está pasando.

-Siempre es así la primera vez, pero luego será como una relación que ha caído en la monotonía. Ya nada te sorprenderá, todo parecerá lo mismo, hasta el abrir y cerrar de las puertas en las madrugadas sabiendo que te encuentras sólo.

-¿Qué?

El señor ríe.

-Es broma, niño. Vamos a trabajar.

El proceso ha comenzado. El cuerpo se limpia con agua fría y jabón sobre la mesa. El cabello empegostado por la sangre seca es lavado con shampoo. Posteriormente, un largo aparato metálico que asemeja una gran jeringa es conectado con unos tubos de plástico. Ha llegado la hora de usar el trocar. Su filo es impecable, capaz de penetrar cualquier parte del cuerpo.

El embalsamador apuñala al cadáver como si de una lanza se tratase. Así como una novata enfermera trata de conseguir impacientemente la vena para el examen de sangre que te debe hacer para ver los valores.

El trocar se mueve de lado a lado, solo que con mucha más brusquedad, aspirando todos los fluidos y coágulos que encuentre a su paso.

El grito del silencio

Llegada a la tráquea, unas vibraciones entonan un canto. El cadáver grita. El ayudante se congela, sus ojos se abren, asemejando sus redondas cuencas y su cuello se tensa. Su palidez pudo superar a la del propio cadáver. 

Aquel sonido parece un grito de dolor, ahogado y chillón, como si el cadáver pidiera que pararan. No obstante, el embalsamador no se sorprende y sonríe ante la reacción del ayudante.

-Sé que puede perturbar un poco, pero solo son las cuerdas vocales vibrando por la succión de aire. Una vez te acostumbras, ya no sientes nada. Recuerda, aquí, adentro se trabaja y afuera se llora.

El ayudante permanece mudo, luego de tan impactante escena.

Ahora, toma lugar el maquillaje mortuorio: una gran variedad de colores, brochas y polvos yacen sobre la mesa pegada a la pared. Dos esferas poseen una curiosa masa, las cuales el caronte usará para alistar al difunto a la otra vida.

La nariz y el labio se moldean, reconstruyendo así el rostro; luego se pasa al resto del maquillaje y al formol, un químico muy tóxico, pero eficiente para la hidratación y conservación del cadáver. Su penetrante, agudo y astringente olor se apodera del cuarto, por lo que las ventanas siempre deben permanecer abiertas.

Sueño profundo 

El color del fallecido empieza a avivarse y su rostro se termina de embellecer. El joven que una vez llegó muerto a este cuarto, ahora se ha retirado bajo un profundo sueño, todo gracias a la labor del embalsamador, el encargado de embellecer a la muerte para su última presentación en este mundo.

-Bueno, hemos concluido.

En pocos minutos, dos personas vienen a retirar al difunto ya vestido y preparado para su funeral dentro de la urna. Poco después, el joven ayudante, con curiosidad, le pregunta:

-¿Quién era él?

A lo que el embalsamador, poco después, le responde:

-El ayudante a quien estás sustituyendo.



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