Los latidos bajo el asfalto
El calor de Caracas no podía sofocar la resonancia de las cornetas en la estación del metro de Altamira. Era la melodía de un clásico, aquel que en el verano del 92 generó versos inmortales: "En la buena y en la mala, juntos caminando". Fueron palabras del poeta de la salsa que ahora, décadas después y en un país distinto, se fundían con el sonido de un saxofón de fondo.
Desacorde con la ambientación, el ritmo acelerado de los transeúntes reflejaba el valor del tiempo para los caraqueños, que se dirigían directamente a las pequeñas cápsulas que albergaban, por breves momentos, las distintas historias de la vida urbana.
"Y sin embargo es más rápido que las camionetas, porque las camionetas... uno se monta en una camioneta y se para en todos lados, y ahí te quita tiempo. El metro no, el metro ahorita está súper rápido y está súper bien".
Semejante multitud demostraba, por otro lado, el valor fundamental del servicio para el desenvolvimiento diario de la capital, junto con un arraigo presente en sus usuarios, como lo expresaba Jorge:
"El metro es todo. Todos agarramos el metro, todos nos trasladamos en el metro. Tenemos que tener las buenas costumbres de no ensuciar, de no botar desperdicios, no estar comiendo en los andenes..., siempre tener un buen comportamiento. El metro es para bajar, montarse y llegar a su destino".
Entre los asientos, un hombre pasaba ofreciendo breves improvisaciones, una mujer llevaba de la mano a sus hijos uniformados y una escena común se repetía entre muchos pasajeros: absortos en sus teléfonos celulares, así como las miradas de cansancio compartidas entre personas de todas las edades.
El sistema de transporte subterráneo se presentaba como un microcosmos de la vida cotidiana en Caracas, donde el ir y venir constante y las rutinas compartidas resonaban como aquella famosa melodía: en las buenas y en las malas, siempre avanzando hacia un destino.
Qué bueno, con calidad narrativa y descriptiva.
ResponderEliminarExcelente crónica!!!
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