Teatro rodante de Caracas: mi debut en la camionetica

 María Andrea Guerrero

Unidad de transporte en Caracas

Un asiento roto en su esquina, el persistente olor a gasolina que se impregna en la piel y el vaivén rítmico de los amortiguadores de la camionetica que traza la ruta de Boleíta a Los Dos Caminos fueron los efectos especiales de la película "Universitarios se montan por primera vez en camionetica". A mi alrededor, las caras conocidas de los compañeros. Algunas asustadas, otras calmadas, y el variopinto número de personas que se subía a este peculiar escenario rodante. 

Desde la ventana, veía a los buhoneros de los más altos rangos, quienes gritaban sus ofertas: "¡Caramelos!", "¡Cigarrillos!", "¡Servicio de mototaxi a la orden!". Incluso unas donas provocativas llamaban la atención, mientras una mujer las protegía con un trapito que, quien sabe, cuántas batallas habría librado. De fondo, una voz grave se coló en el ambiente: "Yo le lavaba los carros a Renny Ottolina". La frase me hizo girar instantáneamente, regalándole una sonrisa a aquel hombre desdentado.

También apareció en escena el "chamo del parabrisa", ese que mi papá tanto detesta. Riega agua con un producto amarillo de dudosa procedencia sobre los cristales, solo para recibir la lapidaria respuesta de mi padre, fastidiado: "No te voy a pagar chamo, porque no te lo pedí". 

"Canal I, ¿quién se baja en Canal I?", resonó la voz de Adolfo León, el conductor de mi trayecto de vuelta. Andino de procedencia y quien siempre responde con un amable "a la orden" las “gracias” de los breves actores que descienden de este show ambulante. Repitió varias veces su pregunta, y su insistencia me empezó a molestar hasta que me giré, buscando la fuente.

Se medio levantó de su asiento. "¿El señor y la señora que me dijeron que iban para el Canal I?", preguntó en voz alta. 

De entre los asientos emergieron una mujer y un hombre, cuyas canas y gestos delataban una vida entera compartida. Al oír el llamado, la mujer sonrió y ayudó a su marido. Adolfo también sonrió, me miró y me dijo: "Como que están distraídos". Le devolví la sonrisa, no por el comentario, sino por el amable gesto de recordar el destino de sus pasajeros. 

También bajó un chamo, de unos 30 años, pulcro: zapatos limpios, cabello impecable, "seriecito" como diría mi mamá. Me sorprendió verlo descender en la parada del Canal I. Su delicadeza contrastaba con el autobús sin aire acondicionado y a merengue de los viejos que lo transportaba. Era, sin duda, una paradoja.

Y por último, bajamos mis amigas y yo. Educadas, bien vestidas, nos despedimos del conductor. Sí, nosotras, "las sifrinas", habíamos culminado nuestro viaje en el enigmático autobús.

Metafórico bus

"Este país tiene futuro y tiene chance", me había dicho mi papá en una nota de voz antes de empezar esta travesía. "Este país se mueve por su gente, no por sus políticos", añadió.

En este viaje, pude corroborarlo.

Ya el olor a gasolina, los asientos rotos y el sonido de los amortiguadores no eran lo más importante. Mi atención se había volcado hacia la gente, hacia mis amigas, quienes también éramos parte de este acto cotidiano en el autobús. Y no pude evitar pensar en mi país, que rueda con características muy similares a las de este transporte, pero que va lleno de gente trabajadora y, sobre todo, amable. 

Me siento orgullosa de que mis compañeros y yo formáramos parte de aquello tanto metafóricamente como en la realidad.

Parada de autobús en Caracas


Comentarios

Publicar un comentario