La universidad que sueña despierta
Fabiana Sotillo

En el principio, cuando la Universidad Central de Venezuela era el centro del pensamiento latinoamericano, cuando sus pasillos estaban llenos de libros, ideas y debates, no había lugar para el silencio ni para la resignación. Todo lo que marchaba entre sus edificios de concreto y curvas modernas respondía a una armonía casi sagrada. El campus, obra de Carlos Raúl Villanueva, era un símbolo vivo del país posible. Porque hay lugares que no se pisan, se sienten.
Bajo sus techos, el tiempo no transcurre de manera lineal, sino como un tejido entrelazado, donde el pasado y el futuro conviven. Se asemeja a un río de memorias que fluye en direcciones opuestas, que lleva consigo tanto lo vivido como lo que aún está por construirse. Así, la UCV es memoria viva: herida que no cierra y llama que no se apaga.
-Esto era más que una universidad. En mi memoria está el primer momento que estuve aquí, fue al escribir en una lista mi nombre y mi cédula frente al Aula Magna, recuerda José Bolívar, antropólogo egresado en 1992, mientras camina por un pasillo cubierto de pizarras llenas de historia, donde alguna vez se debatieron revoluciones. En su voz resuena la memoria de una época convulsa.
Bolívar no habla con nostalgia vacía, sino con la claridad que recuerda otra UCV, la de los panfletos y los rifles ocultos. “Aquí se escondieron guerrilleros”, dice quien vivió una época en que la universidad era trinchera y santuario. A principios de los 90, las cabezas de los Tupamaros o Bandera Roja se organizaban dentro del campus, protegidos por la autonomía que impedía el ingreso de la Fuerza Armada o de las policías.

El presente también resiste
Años después, en otra línea del tiempo, David Ordoñez llegó a la escuela de Comunicación Social con una mochila llena de sueños y otra cargada de obstáculos. Se matriculó en 2013, pero tuvo que abandonar en 2017 por la situación país: guarimbas, paros estudiantiles, marchas.
En 2023, volvió con la certeza de que su lugar seguía estando allí. Ordóñez, con 30 años y a dos semestres de ser comunicador social, lleva consigo la historia de un recorrido discontinuo, una pregunta casi prohibida entre los pasillos:
-¿Cuánto llevas estudiando?
Para David, la UCV de hoy huele a esfuerzo y a resistencia, una mezcla agridulce que, sin embargo, no le quita el brillo a la experiencia.
-Uno aprende que el tiempo en la UCV es un reloj diferente. Algunos salen en 5 años, otros resisten. Yo estoy en los que resisten, dice David.
Cuando regresó, los pasillos estaban más vacíos, los salones más fríos. Aun así, la voluntad no había desaparecido.
También, los ecos del pasado se mezclan con los pasos firmes del presente. Alejandra Zamora, de 21 años y con el liderazgo en el pecho, siente que recorre las mismas veredas donde antes se ocultaban ideas, libros y, en otros tiempos, fusiles.
Es la actual presidenta del centro de estudiantes de Comunicación Social. Conversa con los nuevos ingresos, los invita a participar activamente. Su voz transmite entusiasmo y compromiso. “Hay que hacer que los estudiantes se sientan parte, no solo espectadores de su carrera”, señala.

Campus de la UCV
En el centro, donde antes funcionaban las residencias estudiantiles, hay un salón en planta baja (a mano derecha) que desborda alegría, resiliencia y esfuerzo. Una de las pizarras muestra un mensaje que va más allá de lo práctico. Buscan donaciones, organizan recolectas y tejen redes entre los mismos alumnos. “Con solo 10 bolívares, ayudamos a comprar papel higiénico, marcadores, agua, cubiertos… lo que haga falta”, comenta Zamora.
No era caridad, era resistencia. En una de las pizarras de aquel salón contagioso, lleno de sueños, se leía una frase que parecía resumirlo todo: “Todo pasa, todo cambia, todo mejora”.
En otro rincón del campus, los árboles de la Tierra de Nadie se sacuden con el viento. José camina despacio, mira las facultades como quien repasa un viejo álbum.
-Uno nunca se va de la UCV, uno la lleva tatuada.
En principio, tres vidas cruzan un mismo espacio, un mismo latido que se renueva con cada generación. José, David y Alejandra no se conocen entre sí, pero comparten una certeza. La UCV no es solo un lugar, es una forma de habitar el presente y de soñar un país posible.
Cada trazo en sus pasillos es también una declaración de futuro. Porque hay universidades que forman y otras que transforman. La Central es ambas cosas. Mientras haya quienes la recorran, la defiendan y la sientan (como ellos), la UCV seguirá siendo más que historia.

Bravo!!! Es una historia que conecta con el sentimiento de quienes la habitan.
ResponderEliminarLo leí y me gustó mucho. Historia que no podemos olvidar
ResponderEliminarFelicitaciones linda historia
ResponderEliminarLlegaste a la punta del Himalaya!!
ResponderEliminarExcelente más claro imposible bello artículo
ResponderEliminar👏👏👏
ResponderEliminarExcelente
ResponderEliminar